Ángela Figuera Aymerich

Vivir viéndolo todo y sufriéndolo todo con todas

Una mujer generosa, audaz, acogedora, inquieta…”, así es como la describen sus amistades cercanas. Ángela Figuera Aymerich fue una reconocida poeta social bilbaina de la posguerra que reivindicó una actitud activa de la mujer en un medio dominado por hombres. Bilbao fue el lugar donde creció y al que siempre estuvo de un modo u otro unida, más allá de que el contexto sociopolítico y sus circunstancias personales le empujaron a cambiar en varias ocasiones de residencia.

Terminar el Bachillerato en los años veinte

Nació el 30 de octubre 1902, en la calle Espartero, en la zona del Ensanche de Bilbao. Fue hija de madre valenciana -Amelia Aymerich Sánchez- y de padre cubano -Jesús Ángel Figuera Figuera-. Primogénita de una familia muy numerosa, con un total de 9 hermanos y hermanas, que se sumaban a la abuela materna. Fue una familia de clase media que vivía de los ingresos del padre como catedrático, que completaba con otros trabajos. No tenían problemas económicos de envergadura, aunque vivían sin grandes lujos, en un entorno familiar proclive al estudio, la lectura y el arte.

Recibió una educación religiosa en una sociedad machista, pero aún así, una vez terminada la enseñanza primaria, continuó los estudios en el Instituto convirtiéndose en una de las pocas mujeres de la península que en 1924 terminaba el Bachillerato, además, con calificaciones sobresalientes a la mayoría. Desde la juventud, Ángela lucha por acceder a estudios superiores, a trabajos dignos, a la cultura en todas sus facetas y a la igualdad de derechos y oportunidades. Se enfrenta al propósito paterno, que pretendía que se formara como dentista, e inicia sus estudios superiores en Filosofía y Letras en la especialidad de lengua y literatura española.

En 1926 muere su padre con 49 años y Ángela se ve obligada a aceptar una serie de empleos precarios, primero en Bilbao y más tarde en Madrid. Condicionada por estas circunstancias familiares y con una madre enferma, Ángela asume de manera muy prematura la responsabilidad del sostenimiento de su familia.

Ya en Madrid da clases en el Instituto Decroly y más tarde en el Montessori, mientras que simultáneamente finaliza sus estudios. En 1933 realiza unos cursillos para acceder a la cátedra de   segunda enseñanza, donde obtiene uno de los primeros números y es destinada a Huelva. Ese mismo año contrae matrimonio con Julio Figuera, con quien tiene su primer hijo en el año 1935, aunque muere al poco de nacer.

Se precipitan los acontecimientos: se produce el golpe militar contra la República y Julio se alista en las milicias republicanas. Ángela, embarazada de nuevo, vive el asedio por parte de golpistas de  Madrid primero, donde nace su hijo Juan Ramón, y en Valencia después. La derrota de la República conlleva la pérdida de sus titulaciones académicas, empleos, bienes y sufren la persecución del grupo vencedor. Se refugian en Madrid, en el anonimato que brinda la capital, y posteriormente en Soria, donde la poeta encuentra algo de sosiego.

Sin embargo, y como es natural, las dificultades vividas dejan una honda huella en la escritora. De hecho, sus creencias mutan (por ejemplo, afirma que fue católica “practicante hasta 1936. Luego no”) y los acontecimientos la llevan de manera casi obsesiva en adelante, como a buena parte de la sociedad española. Pero poco a poco, frente a la aún cercana “muerte en torrentera” de la guerra, tomará cuerpo el ansia de recuperación y la esperanza que implicaba el mismo hecho de haber sobrevivido al conflicto.

Durante los siguientes años Ángela escribe y lee mucho, no con el objetivo de publicar, sino como forma de dar cauce a sus sentimientos. En 1948, sin embargo, a través de la editorial que se encargaba de los libros de Física que Julio elaboraba para la enseñanza, Ángela publica su primer poemario: Mujer de barro, con una ilustración de su hermano Diego. Al año siguiente le sigue Soria pura, con ilustraciones de su otro hermano, Rafael. Ambas, son obras que reflejan precisamente, la dicha de sobrevivir a tantas muertes y desastres.

La publicación de su poesía tiene, sin embargo, un efecto sobre la noción que ella misma percibe de su trabajo como poeta. De reconocerse como ama de casa que utiliza el verso como medio para expresar su emotividad, pasa a valorar la poesía (y a sí misma) como medio para transmitir ideas, emociones, pensamientos, emitir juicios y provocar o influir sobre la sociedad. Ella considera la poesía como “el medio natural para expresarme”. Además, le permite acceder al conocimiento de los ambientes literarios e intelectuales de la posguerra y se introduce de lleno en sus círculos y en su problemática. La presencia de Ángela se da en todo tipo de actividades culturales, de colaboraciones literarias, tertulias y homenajes. Participa en gran número de revistas (como Alcándara, Espadaña, Platero)… en suma: despliega una incesante actividad que se prolonga sobre todo durante la década de los cincuenta.

Topa de frente con la censura franquista y sobre todo con un mundo degradado y lleno de miserias, dolor, hambre e injusticias. Esto le genera una progresiva confrontación entre la realidad y su mundo íntimo, lo que la lleva hacia actitudes cada vez más críticas y comprometidas. En 1950 publica Vencida por el amor y en 1958, asfixiada por los estrechos límites marcados por el franquismo, recoge una serie de poemas críticos que la censura no habría permitido publicar y los envía a sus amistades de México, quienes los presentan al Premio de Poesía Nueva España, impulsado por la Unión de Intelectuales en el exilio. El libro gana el premio y es editado con un prólogo de León Felipe.

Durante esos años, Ángela trabaja también como traductora de inglés y francés, además consigue un puesto como bibliotecaria y posteriormente un empleo independiente que le resulta especialmente estimulante: el Bibliobús, cuya misión era “llevar la cultura a algunos barrios madrileños” y en donde trabajó por las tardes durante varios años.

También dedica tiempo a viajar por el mundo (México, Moscú, Marruecos, París…) actuando de puente entre varias culturas. Fue la emisaria de personas exiliadas de España poniendo en contacto a poetas que vivían en el extranjero.

En 1959, Julio deja la docencia en Madrid, para viajar a Avilés e incorporarse como ingeniero en la empresa Ensidesa. Durante dos años, Ángela permanece en Madrid, manteniendo su intenso ritmo de vida cultural hasta que en 1961 se reúne con Julio en Asturias, dejando atrás tanto su trabajo en la Biblioteca Nacional como su implicación en los núcleos intelectuales y artísticos. Disminuyó también su producción poética. En 1962 publica su último poemario (Toco la tierra) que lleva como subtítulo Letanías (víctima de una cierta fatiga es consciente de estar reiterando en su obra las mismas críticas sociales e ideas).

En Avilés, continúa traduciendo para editoriales como Gredos, Molino y Anaya. Viajan mucho.

Nace su primera nieta, Ana, y se vuelca en ella. En 1971, cuando Julio se jubila, regresan a Madrid, donde llevan una vida al margen de toda actividad pública. En 1979 publica dos cuentos infantiles dirigidos a su descendencia.

Durante la transición política sufre un nuevo elemento de desengaño disconforme con la forma en la que se estaba llevando adelante dicho proceso. Pero, poco a poco, su salud empieza a resentirse y se agrava aún más tras la muerte de su hermana Amelia. Finalmente, y tras una larga convalecencia, muere el 2 de abril de 1984. La noticia tiene un  muy escaso eco. Julio, en colaboración con su círculo de amistades, recopila y publica con la editorial Hiperión una antología de su obra con poemas inéditos (Obras completas) en 1986. Se esfuerza por mantener vivo el recuerdo y patrimonio de Ángela Figuera y cuando él muere en 1994 toma el relevo el hijo de ambos, Juan Ramón.

 

La poesía social como respuesta a la barbarie

 

La guerra española y la Segunda Guerra Mundial, cuyo estallido tuvo lugar apenas unos meses más tarde, consolidaron la imparable ascendencia de políticas totalitarias en las que España jugó un papel muy importante y dejaron, profundas heridas que difícilmente podrían justificar una poesía evasiva, ajena a la realidad, sin más propósito que el feliz hallazgo estético, la imagen lograda en un mero ejercicio verbal, como la que se produjo en ciertos sectores de la inmediata posguerra. Explicaciones fáciles de encontrar dentro del contexto político en el que ese irrealismo se produjo y en poetas que, salvo contadas excepciones, apoyaron el régimen impuesto por el general Franco.

Debido a esta coyuntura hay que tener en cuenta que en ese momento, los autores y autoras que se enfrentan abiertamente con el régimen se topan con el exilio o la muerte, con lo que no era fácil encontrar referentes. Los y las poetas sociales de los años 50 abrieron camino a este respecto.

Sin embargo, en 1944 se publica ya un libro revulsivo, transformador, que creará un contexto para que nazca la poesía social que en aquel momento aún está por venir: Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, cuyo lenguaje y contenido supone una ruptura con la poesía pasada y presente, incluso con la suya propia. Otro hito de la literatura española no oficial sería la publicación de Nada, de Carmen Laforet, que ganó el premio Nadal de 1945, donde se refleja un mundo de posguerra donde las opciones que se ofrece a sus personajes son desesperantes: el suicidio, la locura y la huida.

Ángela experimenta, por su parte, una evolución personal, al margen de cualquier movimiento o círculo literario hasta que se produce su primera publicación, en 1948, tal vez como consecuencia de esta orfandad poética característica de la época. Sin embargo, una vez superados los inicios más intimistas, la escritora se vincula con rapidez a este clima de recuperación intelectual de la posguerra y se suma a la generación de poetas sociales que son, en edad, marcadamente menores. De hecho, por edad y por otros muchos motivos, Ángela podría haber pertenecido a la generación del 27, pero en cambio, es el grupo de poetas sociales-realistas de la posguerra junto al que desarrolla la mayor parte de su obra.

Desde una perspectiva global, Antonio Buero Vallejo habla de una conciencia de unidad frente a un sistema represor:

Lo más despierto y sensible de nuestras letras de entonces había llegado a formar un combativo frente cultural, e insistir en que no lo había o en lo mediocre de sus esfuerzos entrañaba tremenda injusticia contra las pugnas literarias emprendidas dentro del país. Tan fuerte ha sido, sin embargo, ese prejuicio, que todavía es frecuente soportar la tosca simplificación sociológica que asevera la inexistencia de nada realmente meritorio entre lo nacido bajo la presión censora del franquismo. Pero cuando más se decía eso laboran ya aquí, en viviente oposición cultural, los Otero, los Hierro, los Garcilaso, los Celaya, los de Luis, tantos y tantos más. Y Ángela Figuera. Reconstructores todos del puente necesario, al que ella dotaría de sus dos claves de arco más importantes; aportación que no habría sido posible si ella misma no hubiera sido excepcional ejemplo de poesía sin trampa ni cartón.

 

Los y las poetas de aquel movimiento sentían un profundo compromiso con su momento histórico y disconformidad con el régimen ferozmente dictatorial que España sufría por aquellos años. Fueron cronistas responsables de unas circunstancias que exigían ser denunciadas desde lo más hondo. El sufrimiento colectivo, la larga y terrible represión ejercidos sobre los y las vencidas, la injusticia generalizada y la absoluta falta de libertad fueron sin duda las principales motivaciones y la génesis de una poesía que quiso ser, por encima de todo, instrumento de lucha, “un arma cargada de futuro”, en palabras de Gabriel Celaya. Una poesía que fue también una de las pocas posibilidades de contestación en aquellos momentos gracias a la existencia de una censura que, aun siendo tan feroz como fue, tuvo flancos bastantes débiles, como el de no valorar la fuerza de la palabra poética.

 

El protagonismo de las poetas en un ambiente hostil

 

En el contexto histórico y social que se ha descrito, y en la poesía crítica engendrada a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, toman especial relevancia la voz de un considerable número de mujeres que reivindican no solo su derecho a expresarse poéticamente, sino también, el de hacerlo dentro de un espacio menos restringido y limitado. Inesperadamente, cuando el país se veía forzado a asumir criterios, normas y conductas especialmente desfavorables para las mujeres, son estas las que adquieren una indiscutible notoriedad en el mundo poético, en un plano de igualdad hasta entonces desconocido, asumiendo también la misma responsabilidad y el mismo riesgo, o incluso más, que sus colegas varones.

En respuesta solidaria y participativa, las mujeres enfrentan al estado opresor y angosto de esos años, plagados de dificultades especialmente para ellas, como seres pensantes y activos, no solo en el ámbito de las letras, sino también en todas las parcelas de la sociedad. Es, en opinión de Angelina Gatell, cuando realmente comienza la irreversible incorporación del discurso femenino a la poesía, en los días sombríos y sórdidos de la larga posguerra.  

Ellas abordan todas esas problemáticas desde una óptica distinta a la de los poetas varones por la propia condición de ser mujeres, porque a los problemas y represiones colectivas, se le suman las expresamente ejercidas sobre ellas, por el grado de discriminación al que han estado y siguen estando sometidas. Circunstancias que, sin duda, se dieron con mayor énfasis y razón, entre los colectivos de lesbianas y homosexuales, que no solo eran social y familiarmente invisibilizados y censurados si no que su condición por su identidad de género era, de por sí, delito. Todo ello legitima y determina formas diferentes de expresión, incluso frente a problemas comunes. Sin embargo, comparten un mismo universo poético y una óptica similar, en cuanto a las inquietudes y el momento histórico en el que se hallan inmersas.

En esta especie de Olimpo poético, difícil y heterogéneo por el número de escuelas, grupos, generaciones, etcétera, que se superponen y entremezclan, la voz de Ángela Figuera Aymerich suena diáfana y clara, haciendo gala de una gran independencia creativa cuando protesta: “Hay que escribirlo todo” y “hay que vivir contra todo y a pesar de todo en un mundo convulsionado y atroz. Vivir viéndolo todo y sufriéndolo todo con todos”.

Y sus versos en Los días duros, poema que da título al libro de 1953, muestran claramente cómo su voz de mujer cobra mayor relevancia en la agitación poética frente al momento histórico vivido. En él, rechaza con firmeza la actitud contemplativa de exaltación de la naturaleza que la mantenía alejada de la realidad. Zarandea así las exigencias de una domesticidad que se le asumía a la mujer, no por cómo era en realidad, sino por como era vista por los ojos masculinos y por extensión a la sociedad hetero-patriarcal:

 

“No. Ya no puedo estar, como solía,

oculta en matorrales de madreselvas,

de musgo delicado, de jazmines

que perfumaban la ilusión precisa

de mi vivir aparte, preservada.

***  

Hoy ya no puedo. He de salir. Alzarme

sobre mi dócil barro femenino,

gritar hacia las cosas que me gritan

con labios erizados, con garganta

hostil y azuzadora…”

 

Hay que subrayar, sin embargo, que a pesar de la impetuosidad del resurgimiento poético de las mujeres capaz de borrar, en cuanto a calidad, inquietud y fuerza, cualquier línea divisoria con la poesía escrita por los hombres, el reconocimiento y la valoración que reciben queda, todavía hoy, claramente discriminada y minusvalorada.

 

Ángela y Bilbao

 

“Mi corazón quiso nacer

allá en Vizcaya, bajo un cielo

rubio y azul si el sol quería;

de un gris difuso y soñoliento

cuando lloraba el sirimiri

finos diamantes sobre el suelo

…”

Ángela Figuera

 

Más allá del valor transcendental de Ángela Figuera como poeta de la posguerra y como defensora del papel y los derechos de las mujeres en la sociedad, cabe añadir un tercer rasgo, no menos relevante: su capacidad para influenciar en los núcleos intelectuales del País Vasco.

Aprovechó uno de los rasgos que la caracterizaban, su apertura y sociabilidad, para organizar, participar activamente y disfrutar de reuniones y tertulias muy frecuentemente. Su hijo explica: “La gran capacidad de convocatoria de Ángela queda patente en que durante los años cincuenta y hasta su marcha a Avilés, se reunían en su casa muchos intelectuales, poetas y artistas pero, sobre todo, amigos para hablar allí de poesía y política ya que todos eran militantes antifranquistas”.

Su hermano pintor, Rafael Figuera, mantenía en Bilbao una importante labor cultural, impulsando, tanto en su chalet “Munitis” como en el Carmelo bilbaino, tertulias y reuniones por las que desfilaron intelectuales de renombre. Fue él quien introdujo a Ángela en estos selectos círculos vascos a los que se aficionó rápidamente y donde desarrolló un importante papel como punto de contacto entre poetas y figuras muy distantes, abarcando grupos alejados desde el punto de vista geográfico, con sus peculiares problemáticas y, al mismo tiempo, fuertemente vinculadas por el quehacer poético, respondiendo de esta forma a la situación sociopolítica que imponía el régimen. Félix Maraña lo describe de este modo:

Gure egiazko idazleok (Aresti, Celaya, Otero, Ángela Figuera) izpiritual eta intelektualki elkarrekin komunikatu zireneko garaia izan zen, klandestinitan. Hizkuntza ez zen oztopo izan.

De esta manera, consiguió consolidar una muy buena amistad con intelectuales de la época de la que surgió una importante correspondencia y abundantes documentos gráficos.

También a través de su hermano Rafa, se puso en contacto con Blas de Otero, con quien estableció una amistad que perduró y de la que quedó constancia por la fluida correspondencia que mantuvieron. En sus cartas analizaban y reflexionaban sobre la poesía, su utilidad e importancia como herramienta para el cambio, para luchar contra el régimen y contra la sociedad machista y patriarcal. Personalmente se conocieron en 1951, un año antes que a él, Ángela conoció a Sabina de la Cruz, destacada amiga y asidua en las tertulias culturales, quién se podría considerar la mayor conocedora de la vida y obra de Blas de Otero, del que fue compañera y la actual administradora cultural de su obra y legado.

Entre las amistades de Ángela y habituales de las tertulias destaca también Gabriel Celaya, por la importante influencia mutua que se ejercieron sobre sus producciones poética. Emilio Miro, llegó a considerar a ambos, junto a Blas de Otero, como el “Triunvirato vasco” de la poesía de posguerra. Otro célebre poeta del grupo a destacar fue Gabriel Aresti, que además de admirador de Ángela Figuera, fue también valioso difusor de su obra, traduciendo al euskera algunos de sus poemas como Aingeruen Zuzenbidea.

Pero además, por las tertulias desfilaron otras personas ilustres de Bilbao y el País Vasco que elogiaron su calidad humana, y su compromiso y generosidad, como Jorge Oteiza, Federico Krutwig,  Ángel Ortiz Alfau, Amparo Gastón, Mario Ángel Marroadan, Rafael Zarco, Rafael Morales, Vidal de Nicolás, Gregorio San Juan, Agustín Ibarrola…  Ángela dedicó poemas a artistas que admiraba y también a sus colegas poetas y acogió con amistad a quienes se acercaban a las tertulias por el interés cultural que suscitaban y la abierta fascinación por Ángela Figuera.

 

3.1.-Poética: Publicaciones

 

El legado poético de Ángela es menos extenso que su verdadera producción artística-cultural, porque aunque comienza a escribir desde muy temprana edad, por expreso deseo suyo, nunca fueron publicados sus poemas de juventud.

Su obra nos habla de temas que describen su carácter, nos dicen cómo es ella, hablan de su antibelicismo, su actitud ante la naturaleza, su preocupación por el futuro del planeta, de su feminismo latente, su solidaridad con los países que sufren el hambre y la represión, su internacionalismo, sus  críticas a la sociedad de consumo… En definitiva, nos habla de una mujer con una profunda preocupación por temas que siguen estando de actualidad.

Siguiendo el criterio de José Ramón Zabala Aguirre, su obra puede dividirse en cuatro etapas, según lo expresa en su Tesis doctoral: Ángela Figuera: Una poesía en la encrucijada.

 

Poesía de la insatisfacción, correspondiente a la “etapa imitativa”. Bajo este epígrafe pueden incluirse los poemas contenidos en el cuaderno inédito, los cuales, pese a su variedad temática y de factura, reflejan tanto la personalidad como los conflictos personales y vivencias de la entonces joven escritora. Es una etapa fuertemente influida por los estereotipos previstos para las mujeres, especialmente rígidos en esa época. Destaca la irrealidad y el aspecto cercano a los tópicos característicos de la literatura juvenil femenina de la época.

Expresan el anhelo y la búsqueda del equilibrio personal mediante la propia realización como mujer, que se resumen en dos objetivos: el ser amado y la maternidad. Este último referido en tres niveles: amor a seres sufrientes, pese al rechazo que puede provocar su aspecto, preocupación por la infancia en general, y nostalgia del propio hijo presentido o de la criatura como símbolo.

 

Poesía de realización personal, referida a la “etapa subjetiva”. Superada la guerra civil y rehecha la vida familiar, Ángela Figuera se sitúa en un período caracterizado por el logro de algunos de sus deseos más sentidos. Bajo este término de “Poesía de realización personal” se pueden incluir las obras ligadas de forma más directa con la vida familiar y la intimidad de la poeta, poesía que anteriormente se ha calificado, siguiendo la terminología de la propia autora, como “etapa subjetiva”. Son dos los trabajos incluidos en este apartado: Mujer de barro (1948) y Soria pura (1949). Ambos guardan además profundas relaciones con los que serían sus dos últimos libros infantiles.

Presentan importantes cambios en relación a la etapa anterior: frente a la poesía épica, encarnada por sujetos heroicos, en esta etapa Ángela construye una poesía en la intimidad del hogar, una poesía de lo cotidiano, de lo familiar, en la que el sujeto poético, en general, no se halla muy lejos de la propia autora.

 

Poesía de agonía existencial, abarcando también las obras de reivindicación social de la “etapa preocupada”. Esta etapa se inicia con la publicación de Vencida por el ángel y el poema Exhortación impertinente a mis hermanas poetisas, ambas editadas en 1950. Se trata de un fecundo período de creación literaria destacado por la actitud “preocupada” que la poeta había de adoptar frente a los grandes temas: la existencia, la guerra, Dios, la solidaridad como arma que podrá transformar el mundo.

De una parte recoge un conjunto de inquietudes filosóficas, de orden metafísico y ontológico (Los días duros y Víspera de la vida), poesía definida como “agonía existencial” entendido como “lucha existencial”.

Por otra, la que mayor desarrollo poético alcanza, definida como “poesía de preocupación social”, centrada en la crítica de las injusticias que sufren las personas más débiles, denuncia y solidaridad con quienes ansían una sociedad distinta: El grito inútil, Belleza cruel, Toco la tierra

Poesía de retorno al intimismo, las dos recopilaciones de poesía infantil. En 1979 aparece la primera recopilación de composiciones infantiles. Si mediante la poesía “preocupada” Ángela había tratado de denunciar las injusticias sociales y de trabajar en la consecución de una realidad más justa, la finalidad de estos nuevos poemarios será mucho más próxima y cotidiana, doméstica: son realizaciones creadas con la intención de entretener, divertir o saludar a sus nietos y nietas: Cuentos tontos para niños listos y Canciones para todo el año.

 

3.2-Feminista:

 

A mediados del siglo XX, hubo como ya se dijo anteriormente, muchas mujeres poetas, aunque no todas lo hicieron saliendo del estereotipo asumido por su condición de género. En la antología que Leopoldo de Luis hace sobre la “Poesía social”, solo menciona a tres, además de a Ángela Figuera: Gloria Fuertes, María Beneyto y María Elvira Lacaci; las tres mucho más jóvenes que ella. Y en “Mujer que soy. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta”, de Angelina Gatell, la lista se amplia con otras como: Carmen Conde, Concha Zardoya, Julia Uceda, Acacia Uceta, Aurora de Albornoz, Angelina Gatell y Cristina Lacasa.

En un primer momento, los estudios y análisis de la obra de estas mujeres poetas en general y la de Ángela, en particular, se dirigen más hacia su aportación a la poesía social como ser humano, sin incidir en su condición de género, en parte porque no existía una traba o impedimento manifiesto para su creación poética. Sin embargo, posteriormente, se descubre y analiza el valor de esta poesía dentro de la evolución reivindicativa de la mujer, contextualizada, eso sí, siempre en la lírica contemporánea de la denuncia social.

Mujeres como Mandlove y R. Quance han rastreado el claro impulso feminista en la obra de Ángela Figuera. A lo largo de toda su obra enfrenta el discurso hegemónico y filtra entre sus poemas reivindicativos su experiencia como mujer para extender una postura antipatriarcal a toda la poesía social de la época.

Con un estilo irónico y sagaz, Ángela deja entrever ese feminismo latente al escribir sobre las crueldades cometidas contra las mujeres y sobre la injusticia e inutilidad de la religión autoritaria y patriarcal que domina la España de aquella época. Muestra su desconfianza ante esta iglesia cuyo dogma ha sido interpretado por hombres y su comportamiento es dictado por ellos, ignorando a las mujeres o relegándolas a un papel pasivo. En sus Obras completas, Figuera describe una postura cristiana diferente, totalmente antipatriarcal en la que las mujeres asumen un papel activo y fundamental.

Según John C. Wilcox, de la Universidad de Illinois (Urbana-Champaign), la poeta asume sutilmente el papel otorgado por la iglesia a los ángeles, en La justicia de los ángeles, para cumplir con los supuestos deberes de éstos y suministrar justicia a las personas pobres y marginadas que han sido olvidadas por los originales sirvientes de Dios. De esta manera, subvierte los papeles asignados por la Iglesia, para crear una religión auténtica en este mundo dominado por hombres.

En 1996, Jo Evans, analiza también cómo la poeta altera las imágenes especulares de la mujer proyectadas por la sociedad patriarcal. Para ello, además de las críticas a la religión identificada con el patriarcado, Figuera se enfrenta al hombre como ser no pasivo y rechaza la imagen de belleza sumisa, ociosa y delicada que el canon poético masculino pretende dictaminar y difundir. Un año más tarde, Christine Arkinstall argumenta, en un artículo sobre el aspecto subversivo de la poesía de Figuera, que el discurso maternal le posibilita a la mujer emitir una voz desde la que poder criticar el patriarcado.

En su soneto Aunque la mies más alta dure un día, Figuera declara que como “mujer de carne y verso” ha hecho “un trueno de (su) herida” para “que suene aquí y ahora, fuerte y claro“.

 

Ángela Figuera trata además de influir sobre sus colegas poetas que no han dado el paso hacia la poesía social, y las “exhorta” a que abandonen “todo eso que os aturde y asusta” y a no renunciar a la consecución plena de su destino como seres humanos, solo posible a través de la participación y la lucha.

“No os quedéis en el margen. Que las aguas os lleven

sobre finas arenas o afilados guijarros.

Que os penetren las sales. Que las zarzas os hieran.

Y, acerando la quilla, remontad la corriente

hacia el puro misterio donde el río se inicia.

3.3- Reconocimiento institucional y académica

 

Ángela Figuera Aymerich fue una mujer excepcional y una gran poeta. Durante su época más activa  en la cultura crítica fue ampliamente reconocida y querida. En cambio, a partir de los años setenta, con el declive de la actividad literaria, su popularidad empieza a resentirse.

No obstante, en América Latina la difusión de sus obras tuvo muchas menos dificultades y Ángela conectó con mayor facilidad. Es allí donde se va extendiendo cada vez más su conocimiento y popularidad. Su marido Julio Figuera comenta al respecto: “Allí le querían mucho. Creo que todavía hoy es más conocida en México que en su propia tierra. De hecho, las relaciones con el público mexicano fueron muy estrechas, tanto es así que su obra póstuma fue publicada allí y su muerte tuvo mayor repercusión en México que en la Península.

 

Este abandono prematuro de la estimación de la escritora y su legado poético-social y feminista  pudo venir influenciado por varios factores: (1) el propio alejamiento de Madrid y de los círculos literarios fue con toda seguridad una circunstancia que afectó. Algunas de sus íntimas amistades mantuvieron su asistencia a las reuniones y de alguna manera, Ángela no conservó la conexión con ellas de la misma manera. (2) Su actitud combativa y beligerante contra el franquismo hasta el final y su abierto rechazo ante cómo se planteó y desarrolló la Transición no le ayudaron a consolidar su reconocimiento. Ella seguía siendo republicana y no aceptaba ni la monarquía ni el olvido que pretendían imponer a las vejaciones y humillaciones sufridas tras haber perdido la Guerra Civil. (3) Otros factores que también han podido pesar en esa indiferencia hacía Figuera podrían estar relacionados con su no militancia en el Partido Comunista. Ella solo fue simpatizante, cuando compañeros suyos fueron casi poetas-instituciones del Partido durante los años de mayor relevancia de este.

Por otra parte, es también sabido que la poesía social fue perdiendo cierta relevancia tras los años 70 dando paso a los llamados “Los Novísimos” que se alejan de la preocupación social y buscan la renovación, el arte popular, la cultura urbana. La poesía pasa a tener valor por sí misma, rompiendo así con la poesía social de los años anteriores.

Sin lugar a dudas, el factor de género es también clave a tener en cuenta en el desgaste precoz de la popularidad de Ángela. Según la profesora irlandesa Joanna Evans, quien realizó su tesis doctoral sobre Figuera con el título “Moving Reflections: Gender, Faith and Aesthetics in the work of Ángela Figuera Aymerich”, su obra “fue ensombrecida por los poetas masculinos de su generación”.

La propia Ángela al final de su vida creía, según indica José Ramón Zabala, autor de la primera tesis doctoral sobre Ángela, que su condición de mujer había sido muy perjudicial para el reconocimiento de su obra. Como señala además el propio José Ramón, por mandato social de género, las mujeres solían minusvalorar sus propios trabajos, otorgando mayor importancia y esfuerzo a su vida privada y trabajo de cuidados “…mientras Blas de Otero y Gabriel Celaya hicieron más difusión y promoción de su obra”.

Aun así, Ángela Figuera aparece en numerosas antologías y en historias de la literatura tanto españolas como extrajeras, en monografías, artículos críticos y entradas enciclopédicas. Ha sido motivo de diferentes estudios y tesis doctorales. Su obra ha sido estudiada dentro del contexto social de la poesía de aquellos años y traducida al inglés, francés, ruso, polaco, ucraniano, danés, alemán, euskera, turco, árabe, rumano, portugués, sueco, italiano… entre otros.

Existen homenajes dedicados por el Ateneo de Madrid o el Instituto de Enseñanza Media de Sestao (Bizkaia) que desde 1993 lleva el nombre de la poeta. Hay numerosas calles que llevan su nombre por todo el Estado Español y en México existe el premio “Ángela Figuera”.

No obstante, la poeta social que fue durante los años 50 y 60 la mejor considerada del País Vasco, junto con Gabriel Celaya y Blas de Otero, está hoy en día muy lejos de tener el reconocimiento que merece el conjunto de su labor literaria e intelectual.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

– Bengoa Lapatza-Gortázar, María. “La poeta Ángela Figuera (1902-1984). BBK. Bizkaiko gaiak-Temas vizcaínos.

 

– Gatell, Angelina. “Mujer que soy. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta”. Bartleby Editores. 2006.

 

– Jato, Mónica. “El lenguaje bíblico en la poesía de los exilios españoles de 1939”. Kassel-Edition Reichenberger. 2004

 

– Mangini, Shirley. “Libro: Rojos y rebeldes la cultura de la disidencia durante el franquismo”. Editorial ANTHROPOS. 1987.

 

– Zabala Aguirre, José Ramón. “Ángela Figuera: Una poesía en la encrucijada”. Cuadernos Universitarios. Universidad de Deusto. San Sebastián. 1994

 

http://www.zurgai.com/archivos/201304/061991095.pdf?1

John C. Wilcox,. “El feminismo en las obras completas de Ángela Figuera: algunas observaciones preliminares”. University of Illinois (Urbana-Champaign)

 

http://www.euskonews.com/0255zbk/gaia25501es.html

 

http://digitalcommons.unl.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1041&context=modlangspanish

“La poesía de Ángela Figuera desde la crítica anglosajona”

 

AGRADECIMIENTOS:

A Koldo Ortiz González de Landarica, hijo del escritor Ángel Ortiz Alfau, por su información y fotografías cedidas.

 

A Sabina de la Cruz, amiga de Ángela Figuera, compañera, experta y administradora oficial de la obra de Blas de Otero, por la información compartida y la fotografía cedida.