Marisa Samaniego

Alicia en el País de las Letras

Vive en el lugar más conveniente: junto a Espacio Espiral y a un paso de la calle del Sol. En su puerta, un felpudo con “Caperucita y el lobo” y le gusta vestir ropa “literaria”. Una alumna la describe como “Alicia en el País de las Letras”.

Marisa nació en Colombres (Asturias) en 1947 y achaca a su infancia su pasión por la lectura. En una de las fotos de su álbum aparece leyendo un libro de Guillermo Brown. “A veces, pienso que soy un producto de Guillermo, el pequeño y travieso anarquista inglés…”, su héroe (en realidad, un antihéroe) de infancia.

Otros de sus amigos “de imaginación y de vida” fueron Celia, Matonkikí, Cuchifritín, Antoñita la Fantástica…, junto a la lectura de tebeos  y de cuentos de hadas maravillosos. Su padre, boticario, le aportó “el amor por la palabra y sus juegos”. “Le recuerdo leyendo la Pentalogía de Benasur de Judea [de A. Núñez Alonso], leyendo el ABC y haciendo crucigramas…Yo hago lo mismo que él (además de crucigramas en blanco): subrayar lo que me impacta, tomar notas, buscar en el diccionario, recortar artículos de prensa y colocarlos en los propios libros – como apoyo y consulta al volver a ellos…”.

Recuerda que estando interna en el colegio de Cóbreces, ya en Cantabria y estudiando Magisterio, un día encontró entre la ropa que le enviaban de casa dos ejemplares de El criterio, de Balmes. “Al abrirlos, había crucigramas en blanco, para que los hiciera”.

Le hace mucha ilusión que Luis Landero en sus recuerdos de El balcón en invierno haga mención a lo esencial que fue El criterio para su destino de lector y escritor. “El olor de papel viejo de esos libros me acompaña ahora”. Enseña un subrayado suyo en el capítulo 3 dedicado a “La elección de carrera”: “Cada cual ha de dedicarse a la profesión para la que se sienta con más aptitud”.  Además de la lectura, la herencia de su padre la empuja a caminar y caminar. “Mi padre era un naturalista; salía todos los días a andar…Yo también voy andando siempre a todos sitios”.

Sin embargo, quien la apoyó en el estudio de una carrera fue su madre. “Mi padre tenía la idea de que las chicas para qué iban a estudiar si luego se iban a casar. Mi madre era más avanzada”. Su madre sabía lo que eran las fronteras que la sociedad patriarcal imponía: una de las dos chicas de 13 hermanos,  estuvo matriculada para hacer Magisterio pero renunció para “ayudar” a su madre en casa.

Eso sí, el apoyo a Marisa daba sólo para una carrera corta. “Por eso hice Magisterio”. Así, tras cuatro años interna en las Teresianas, en Santander, estudiando bachillerato, pasó otros cuatro en Cóbreces hasta terminar Magisterio. Recuerda que, estando ya en Magisterio, le quitaron La Regenta (para devolvérsela a final de curso) y El mono desnudo, de Desmond Morris, que nunca le devolvieron. (Su padre, en casa, le había prohibido de leer El poder y la gloria, de Graham Greene). Era el final de la década de los sesenta del siglo XX.

Universidad de Valladolid

“Tras 8 años interna, descubro todo un mundo cultural como alumna de Filosofía y Letras, especialidad de Filología Románica. Me entró el gusanillo, la pasión por el conocimiento… El ambiente de un colegio mayor, las residencias universitarias… Nos reuníamos para leer poemas en mi habitación, y al cine Zorrilla iba todas las tardes a las pelis de Arte y Ensayo”. Siempre se imaginó entre libros, en una biblioteca pero, debido a su timidez, nunca ante un público.

En junio de 1972 termina la carrera y en noviembre muere su padre. Hace el CAP (Curso de Aptitud Pedagógica) y empieza a recoger material para su tesina sobre un místico desconocido, Fray Juan de los Ángeles. Su primera experiencia pedagógica será dar clase de francés en un colegio de monjas.

Luego, se entera de que en Magisterio, en la calle Cisneros, necesitan un profesor porque ha entrado mucha gente a la especialidad de Ciencias Humanas. Así, ingresa en octubre de 1974, compañera de muchos de los que le habían examinado. “Doy Lengua a un curso de Ciencias, una cuatrimestral. Estaba muy nerviosa. Había alumnos (eran 60) que eran mayores que yo”. Durante 8 años impartirá la clase de Lengua, “que es algo muy abstracto”, y empieza a hacer análisis de textos. “Me planteaba preparar bien mis clases… pero a mí lo que me gustaba la Literatura… Empecé a elaborar los temas y se los pasaba a máquina. Daba apuntes de Bertold Brecht, de Rilke… Tuve problemas con Sénder, con Réquiem por un campesino español…”.

 

Docencia, 35 años. “Los profesores tenemos que ser actores”

Al empezar a dar clase es cuando se da cuenta de que “esa pasión por la palabra que sentía, la podía transmitir… Quería hacer las clases vivas…”. Por ellas pasan los mejores autores del siglo XX. En 1981 se presenta a las oposiciones (“solo aprobamos 8. No se cubrieron las plazas”). Benito Madariaga, actual Cronista Oficial de Santander, le había propuesto llevar en el Ateneo la sección de cine (ella relacionaba el cine con la  literatura), pero le fue imposible por su dedicación al estudio.

 

Sistemática y ordenada

Marisa siempre hace un vaciado de toda la información que le interesa y la consigna en forma de fichas. En su casa tiene 7 ficheros de literatura y 3 de cine. Son más de 10.000 fichas a mano -por orden alfabético y por temas- desde 1974, en que empezó a dar clase. Alguna vez le sugirieron digitalizarlo todo y eso casi le cuesta una crisis de ansiedad. Dedicar tiempo a eso supondría parar los vaciados y que se le fueran acumulando cosas atrasadas…

En un trastero de su propiedad se acumulan en pilas suplementos y revistas diversas, casi una hemeroteca para los Erasmus que, a veces, le piden información. Pero, a pesar de la profusión de libros y papeles, sabe dónde está todo. “Además, tengo un local alquilado de 30 metros porque (en casa) ya no me cabe…”. Ahí tiene todo lo de los viajes (libros por orden alfabético, ficheros), más material sobre música, sobre mujeres o sobre Cantabria.

A partir de 1989, empieza a viajar con otra gente. En el primer viaje, a Italia (donde ella había estado en el viaje fin de carrera), alguien le sugiere: “Marisa, ¿por qué no preparas algo…?”. Y así, hasta hoy. Se turna con los guías de cada país para dar las explicaciones. Y ellos, encantados…

En la estanterías, junto a los libros hay multitud de pequeños objetos (“Es muy cacharrera…”, dice una de sus alumnas). “Todos los cachivaches tienen su explicación”, cuenta Marisa. Y muestra los libros de Neruda junto a un buzón de correos, por el libro “El cartero de Neruda”.

Lo mismo ocurre con sus compras de ropa: “Me gustan las cosas originales, curiosas, pero nunca voy de compras. Es lo que veo en los escaparates”. Le gusta vestirse a tono con lo que va a hablar ese día. Casos extremos son cuando se cortó el pelo para hablar de “Disección de una tormenta”, de Menchu Gutiérrez

Para la foto de “Nosotras”, se ha puesto una falda negra y una blusa con rayas rojas. “Por “Rojo y negro”, de Stendhal. “Las rayas son muy futuristas…”. En la muñeca, un “reloj proustiano” con el comienzo de En busca del tiempo perdido, en francés, en forma de espiral, “como un caligrama”.

Un día de su vida, ahora que está jubilada, consiste en “clasificar y hacer vaciados por las mañanas, y leer y asistir a actos culturales por las tardes”. “Los mejores días, son los domingos o festivos porque puedo trabajar más [no suele haber actos culturales] y meto más horas…”. A veces, 12 o 14. “Si paro, se me acumula…”.

 

La aventura de Las Matildes, 35 años

Marisa lo cuenta así: “Me llamó Loli, la madre de un alumno (Román Gutiérrez Cuartango)  a quien había dado clase.  Había un grupo de amas de casa que querían aprender, con interés cultural. Querían que les ayudara una persona comprometida con la sociedad… Empecé en una mesa camilla con media docena de mujeres… [tras la llegada de la Democracia] La gente estaba desatada. Demandaba cultura… El primer curso (1981-1982) era todas las semanas, pero acabé agotada (tenía clases mañana y tarde en la Universidad)…”. Empezó fuerte: Kafka, Thomas Mann, Herman Hesse. Y entre los españoles, Sénder, Buero Vallejo… En el primer encuentro “Mujer-Barrio” presentó la película de Agnès Varda [una directora de cine belga], “Una canta, la otra no” [de 1977]. “La gente no se quería ir tras el cine-fórum… Había personas que era la primera vez que iban al cine en su vida”. Había hasta servicio de guardería para que las mujeres pudieran dejar a los niños.

El curso siguiente, 1982-1983, el encuentro semanal se convierte en quincenal, los miércoles. Y así, hasta hoy, en que se turna con Carmen Roig, que desarrolla un seminario de temas de actualidad en el local del Centro Cultural Matilde de la Torre, en la calle San Celedonio, 26.

 

Una red de redes

Esto es lo que se cuenta en la prensa (Marisa tiene un dosier con las noticias que han ido saliendo en los medios desde 1981):

Cuando se inaugura el centro el 5 de diciembre de 1980, con el fin de prestar una función social, una de sus primeras actividades es el I Encuentro Mujer-Barrio para poner en común su situación. “Hay un número aproximado de 31 Asociaciones de Barrios [San Francisco, Los Pinares, La Encina…] en la ciudad de Santander y, en todos ellos, sin excepción, la participación de la mujer es casi nula, por no decir completamente nula”, decía entonces una de las socias.

A los “cien días” de su nacimiento, en un comunicado, proclaman: “Las sesiones de teatro leído, recital de poesía, cine…, nos han prendido a todas como una llama…”.

“Parte de los miembros que promovieron el centro pertenecían a la comisión de Enseñanza y Cultura de la Asociación de Consumidores de Cantabria… La fórmula de dirección que han implantado: un grupo colegiado de 13 personas”, recoge Anselmo Lucio en noticia de julio de 1981, al finalizar el “curso” escolar.

“La mujer es la que ahora mismo tiene más inquietudes y demanda mejorar su nivel cultural… Por eso el 90 % somos mujeres”, cuenta Carmen Mora en 1989 al hacer revisión de casi 10 años de funcionamiento ininterrumpido del centro. “Como hemos estado tan encasilladas en las labores de la casa, ahora que disponemos de libertad, la aprovechamos a tope”.  Carmen García se suma a esta idea: utilizar el tiempo libre “en algo más enriquecedor que ver la televisión”.

Pero, además de la mejora personal, la aspiración última es “que el que recibe cultura sea también transmisor”, aporta Dolores Cuartango en una entrevista del diario Alerta. Y “que el centro continúe siendo abierto, formando personas dialogantes, tolerantes, comprensivas y más democráticas”.

Además de organizar jornadas (I Jornadas sobre Urbanismo y Ecología, o I Jornadas sobre Grupos Marginales, en 1982), ciclos (sobre las Instituciones de nuestro tiempo o Cómo conocer los árboles), cursos (Introducción a la genética humana),  charlas (Educación sexual y planificación familiar) o mesas redondas (El fracaso escolar), escriben cartas al director (“Contra la degradación de la ciudad”, en 1981)… y a los Reyes Magos (pidiéndoles que les arreglen el suelo del centro y les cedan baldas y entarimados sobrantes), o apoyan actos como la “Marcha de Paraguas”, en 1987, “por la paz y la neutralidad”.

Marisa cree haber aportado a la conciencia crítica/cultura transformadora de Santander “una actitud socio-moral”, “una relación ética con el conocimiento que nos ayude a mejorar el mundo”. Y así es como lo resume uno de sus participantes en los miércoles de ‘Las Matildes’ (así es como se conoce a las socias del centro Matilde de la Torre): “…hace de los miércoles un día diferente de la semana, un día especial en el que hemos aprendido a comentar un libro y a tener conciencia del valor de la lectura en nuestras vidas…”.

No serán solo libros (La playa de Los Locos, El Príncipe destronado, Amor pasión, de Luis Antonio de Villena), sino cine-coloquios sobre películas (Una canta, otra no, de Agnes Varda;  Más allá del bien y del mal, de Liliana Cavani,; Julia), documentales (Être et avoir, el de las Misiones Pedagógicas)  e incluso salidas culturales “comentadas”.

Begoña Calvo, que conectó con Marisa en la Normal, pero sobre todo en Las Matildes, la describe como “una mujer generosa, comprometida con transmitir su saber – no se puede quedar el saber dentro; tiene que sacarlo. Es como una olla a presión… Todo lo quiere saber; pregunta a todas horas…- humilde y sencilla, muy afectiva, buena… Vive por, para y con la Literatura… Es toda emoción: se emociona y te contagia…”. Personalmente, cree que si no la hubiera encontrado, se hubiera perdido muchas de las lecturas que ha hecho: Desde El collar de la paloma (de los siglos X y XI), pasando por la Generación del 50 del siglo XX hasta llegar a Fombellida, Salcines o Santamaría. “Ella no se para nunca, siempre va avanzando, no se queda en lo ya visto…”. Con ella han hecho ejercicios de Dadá, de poesía sonora con Isaac Cuende, experimentos con el ritmo y el sonido… Escribieron a Roald Dahl y a Bernardo Atxaga (y les contestaron)… “Yo, de Marisa, he chupado mucho…”.

Begoña cuenta (Marisa no lo había hecho) el homenaje que le hicieron a Marisa en Las Matildes en 1988. Marisol Bueno, otra alumna, deja constancia de ello en un relato publicado en la revista del centro, Mandorla (nº 7), bajo el título: “Humilde y vehemente homenaje con variados indicios”. En nota, al final del artículo, explica: “Las frases y palabras subrayadas son las obras literarias o películas que hemos leído, visto y comentado desde el curso 1981-1982 hasta el 1986-1987, en las tardes literarias que ofrece el Centro Cultural Matilde de la Torre”.

El protagonista del cuento, de nombre Sago, comparte con Marisa muchos de sus rasgos: “misterioso y rubio…, angélico…, fuerza creadora…, generosidad…, tenacidad…, entrega…”. “Tenía la facultad de resucitar a una serie de personajes que vivían medio muertos en la imaginación de las gentes o entre libros de numerosas bibliotecas… Hacía que bulleran en las cabezas y corazones de la gente normal… Cada vez más vivas…, caían en la cuenta de multitud de aspectos de su existencia que hasta entonces no habían descubierto… su sensibilidad se extendía…, conocieron otras culturas y nuevas sensaciones… Sago les hacía volver a curiosear… tenían auténtica sed de amor por el conocimiento, de todo tipo… Sago les animó incitándoles  a caminar por otros rumbos… se encontraron plenos, llenos de fuerza… Se dieron cuenta de que tenían un gran caudal, un tesoro que además nadie les podía quitar… y, si alguien se lo quitaba, este iba aumentando, ya que se multiplicaba al pasar a otros seres…”. Y, por si alguien no se había dado cuenta, al final del artículo, Marisol revela: “Sago: hipocorístico de MariSA SamanieGO”.

Merche Fernández, que fue dos años vicepresidenta de Las Matildes, explica que Marisa (a quien define como “una  bulímica del saber”) le enseña “a desmenuzar los textos y a hacer conexiones… conseguí disfrutar de la lectura… He aprendido a disfrutar y percibir la vida de otra manera…”. También se queda con una costumbre suya, la de “recortar noticias del periódico y colocarlas en el lugar adecuado”. “Me ha aportado un método de trabajo…, tener un criterio propio y defenderlo… Marisa va siempre con los diferentes (no con los esnobs), pero con una coherencia… Gracias a ella, leímos a los malditos: Arrabal… Leíamos novedades… No ha escrito libros, pero se los sabe todos…”. Y termina: “Es una mujer muy sabia y muy generosa de su saber, y disfruta compartiendo y viendo que se aprovecha”.

 

APORTACIONES A LA SOCIEDAD

Tendrían que decirlo otr@s, pero Marisa afirma que le tortura, que le preocupa enormemente que haya mucha gente que no haya descubierto aún que la vida no es solo la doméstica (la comida, la lavadora, la ropa y planchar). “Hay personas  a quienes nunca he visto en un concierto, en la Filmoteca, en el Palacio de Festivales…”. Para ella es importante que la gente descubra que en la vida hay otras cosas, que se puede “compaginar la vida cotidiana con no dar la espalda a los misterios…”. Ella, en ese sentido, ha hecho un poco de Pigmalión.

Begoña Calvo piensa que “cualquier cosa que se haga con las personas va a repercutir en la sociedad… Marisa es una agitadora cultural: piensa, nos anima… Nos dice: ¡piensa, escárbate…!”. “Ella es ella”, concluye.

Merche Fernández (“Marisa fue profesora mía en los años 80”), añade: “Es una incitadora de la lectura activa y participativa… consiguió abrirnos la mente… Tiene una cabeza muy progresista, muy reivindicativa… La mayoría de los clubes de lectura se han basado en ella…”. A su juicio, merecería un reconocimiento público porque es un referente cultural “fuera de Cantabria, quizá más que en Cantabria. Los buenos autores la conocen: por eso, vienen cuando los llama… Ha traído a gente puntera  a nivel de vanguardia”.

Aunque Marisa dice “ir por libre”, durante 14 años ha formado parte del equipo de redacción de Pluma y Pincel, la revista de la Asociación Cultural Tertulia Goya. En cada número, corregía las galeradas y escribía un artículo (desde el número 4, en 1997). También ha escrito para la revista Mandorla del centro cultural Matilde la Torre (su primer artículo, en el número 7, en 1988, fue sobre Cavafis). Y ha hecho presentaciones de libros.

 

Los años que me quedan. La vida desde los 69 años

En una ocasión, alguien le dijo: “Eres frágil, pero eres fuerte”. Ella la considera una buena definición que se ajusta a su momento actual. “Sigo hablando, en los autobuses, en los viajes (desde 2002, en que murió su madre, prepara las salidas culturales  de Las Matildes y hace de cicerone). Su filosofía se concentra en un “tirar p´lante” y en la fuerza de voluntad que siempre ha tenido. “Todo ha sido  a base de vencimientos en mi vida…”.

Aún le queda tanto por leer reconoce que está “obsesionada con el tiempo. No me da tiempo a leer todo lo que hay…”. De momento, no ha notado que se le olviden las cosas. “Desde el colegio, siempre he sido famosa por la memoria…”. Sobre el futuro de tanto “papel”, prefiere no pensar: “Me entra agobio y, a veces, me cuesta dormir”…

Otra pasión que tiene son los facsímiles. “Me encantan los Libros de Horas. Ahora, persigo un ‘Beato’. Creo que me viene de los tebeos de niña porque los ‘beatos’ son como los cómics de la época”.

Advierte que la seguiremos viendo -mientras el cuerpo aguante-, ubicua, en los actos culturales de Santander y, fuera de foco, ayudando en sus tesinas a los Erasmus de la universidad. Ejemplo vivo de “la literatura, la cultura, como pasión”.

Para conmemorar los 35 años de “Las Matildes”, en diciembre de 2015, eligió un texto de “Una soledad demasiado ruidosa”, del escritor checo B. Hrabal, que comenzaba: “Hace 35 años que trabajo con papel viejo y esta es mi love story [historia de amor]…”.

 

http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-criterio–0/. El criterio, de Balmes.